La relación: música y emoción

La relación entre la música y las emociones es un hecho realmente complejo de describir y entender, pero es una realidad permanente. Todas las personas experimentan alguna vez en su vida una emoción que le lleva a producir o reproducir alguna música de ciertas características, del todo relacionada con las sensaciones y sentimientos experimentados junto con esta emoción. Este es un ejemplo claro de una relación entre música y emoción, pero aún podemos ir más allá:

¿Qué es lo que ocurre cuando es la misma música la que nos produce una determinada emoción?

La música, gracias a sus elementos y características tiene una capacidad expresiva que estimula produciendo unas determinadas sensaciones en el oyente; una música puede ser triste, alegre, tétrica, tenebrosa, estridente, frustrante, penetrante, inspiradora, etc. Esta capacidad de expresión que tiene la música es intrínseca a la expresión sonora, pero se ha de puntualizar que la evocación que pueda generar una pieza musical depende en gran medida de la experiencia y vivencia de la persona que recibe el estímulo sonoro.

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Si entendemos la música como un principio capaz de expresar por sí misma (Narmour 1991; Raffman 2003), se ha de valorar igualmente la sensibilidad del oyente a los elementos expresivos que le son propios a dicha disciplina artística: elementos de tensión y distensión. Esta visión no es en absoluto extraña si nos remontamos 2500 años atrás, cuando Pitágoras recurría al uso de ciertas escalas y acordes para lograr el equilibrio mental; posteriormente Aristóteles pudo observar que los ritmos y melodías de la flauta aportaban vitalidad y energía a todo el ser de un modo integrativo; Platón y Descartes no discernían de la importancia y los efectos de la música en el cuerpo, alma y espíritu de las personas.

Adaptando todo esto al espacio de la pedagogía y la musicoterapia, nos queda que la música tiene elementos relacionados con las emociones, además de una gran importancia en el desarrollo y crecimiento del ser humano, ya que actúa sobre diversas instancias de su ser; actualmente hay estudios clínicos que muestran y respaldan los efectos de la música en la salud, y el uso de la música como complemento o estrategia en ciertos tratamientos.

Ciertos elementos estructurales de la música guardan correspondencia con ciertas dimensiones del ser humano.

La armonía, la melodía y el ritmo.

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La armonía: orden y relaciones: la dimensión cognitiva se activa con la armonía. Los sonidos quedan ordenados con ciertas normas y estructuras para lograr un producto estético; el orden es necesario, y la armonía necesita del pensamiento y los procesos mentales.

La melodía: está vinculada a la parte emocional de las personas, se localiza físicamente en el pecho, y nos permite trabajar la afectividad y las emociones. Podemos evadirnos del resto del ser y dejar que solo fluya la emoción con ciertas melodías.

El ritmo: cuerpo y ritmo van de la  mano. El ritmo despierta al cuerpo, lo activa, hace que surja una necesidad: el movimiento. Además, con su orden espacial y la fuerza del pulso, el ritmo permite establecer una conexión del ser con la tierra, sentir la esencia más terrenal y arraigada.

Estas correlaciones entre música y ser humano no hacen más que dejar evidencia de la importancia de la música en nuestras vidas. Cuando incorporamos la música en la educación, estamos provocando que los niños trabajen al mismo tiempo la parte cognitiva, emocional y corporal: incorporan de una forma integrativa los conocimientos, los sintetizan y los convierten en parte de su persona y anatomía.

El cuerpo, la mente y las emociones quedan integradas mediante la música.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Antoni Gomila (2008). MÚSICA Y EMOCIÓN: EL PROBLEMA DE LA EXPRESIÓN, Actas de la VII Reunión, Saccom. Univ. Islas Baleares.
  • Ileana Mosquera Cabrera (2013). Influencia de la música en las emociones; una breve revisión. Realitas, Vol. 1, nº 2.
  • Narmour, E. (1991). The top-down and bottom-up systems of musical implication: building on Meyer’s theory of emotional syntax. Music Perception, 9, pp. 1-26.
  • Raffman, D. (2003). Is twelve-tone music artistically defective? Midwest Studies in Philosophy, 27, pp. 69-87.

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