Musicoterapia Analítica

Entre los diferentes pioneros de la musicoterapia en la Gran Bretaña de los años 70 nos encontramos a Mary Priestley, terapeuta influenciada por una gran tradición musical en su familia y con estudios de piano, violín y composición. Debido al trastorno bipolar que padecía, gozó de un gran aprendizaje acerca de sí misma  y su mente. Tuvo además la suerte de tener contacto con Juliette Alvin -pionera en Musicoterapia-, gracias a quién Priestley descubrió que los procesos mentales que vivenciaba eran sencillamente equiparables a su música, se acoplaban perfectamente.

Priestley fundó lo que podemos llamar la Musicoterapia Analítica (AMT), que involucra periodos de interacción verbal y musical. El usuario o paciente y el terapeuta se involucran ambos en una sesión musicoterapia interactiva. El terapeuta pierde además presencia de su papel tradicional analista desde el que se dedica normalmente a escuchar con distancia. El enfoque de la Musicoterapia Analítica está basado en los fundamentos de la terapia psicoanalítica, centrándose mayormente en los procesos dinámicos de transferencia y contratransferencia.

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Una sesión de musicoterapia analítica según el modelo dispondría de tres partes diferentes:

 

Hablar, improvisar música y escuchar.

 

 

Primeramente se le debe incitar al usuario a hablar sobre cuáles son las cosas que le preocupan o le han traído a la sesión; con un simple reconocimiento y sin entrar en exploraciones o interpretaciones, pasaríamos a la fase interpretativa.

pexels-photo-167592En la segunda parte se improvisan dos músicas entre los dos participantes, en la que el terapeuta hace de soporte con su instrumento -en el caso de Mary Priestley el soporte era el piano-. En la primera improvisación se pretende incitar al usuario a que explore un determinado sentimiento que no sienta en orden, mientras el musicoterapeuta adoptaría el rol opuesto; puede ser por ejemplo en un caso de haber expuesto una dificultad para expresar el enojo, que el paciente trate de expresar la ira con su interpretación, mientras que el musicoterapeuta adoptaría un papel de soporte y autocontrol, siempre tocando juntos. En la segunda improvisación los papeles pueden ser invertidos.

Para finalizar la sesión el paciente escucha mediante una grabación la música que han improvisado, en la que se pueden reconocer y analizar las diferentes partes. En esta parte se conversa para que los recursos musicales y procesos queden integrados en la personalidad del usuario.

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En los escritos que podemos encontrar, Priestley define sus sesiones de improvisación como unos fieles reflejos de los procesos internos.

Los procesos mentales que vivenciaba eran sencillamente equiparables a su música, se acoplaban perfectamente.

 

Aquí se puede leer una entrevista a Mary Pristley, por Leslie Bunt, en la reconocida revista digital de Musicoterapia Voices.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Leslie Bunt y Brynjulf Stige (2014). Music Therapy; an art beyond words. NY:Routledge.

 

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