La profesión

En Musictip hablamos continuamente de recursos educativos y creemos en la unión existente entre la musicoterapia y la educación, pero es importante dejar claros ciertos aspectos, por lo que  dedicaremos esta página a explicar las diferencias y similitudes que hay entre ambas disciplinas, ya que son dos especialidades diferentes, pero con muchos puntos en común. Debido a la ambigüedad existente entre ambas, ha surgido una corriente, en la vertiente más clínica y médica de la musicoterapia, que niega toda relación con la enseñanza, pero es ahí donde difiere Musictip.

Para empezar, podemos hablar de las personas que ejercen una y otra profesión; compartiendo parte de su formación, ya que ambos, tanto el profesor como el musicoterapeuta, deben tener un amplio conocimiento de la música  -ejecución instrumental, armonía y composición, improvisación- y sobre los métodos para impulsar las cualidades artísticas de los alumnos o usuarios.

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¿Qué diferencias hay entre un musicoterapeuta y un profesor de música?

El musicoterapeuta y el profesor utilizan la música para trabajar las personas; el musicoterapeuta realiza sus sesiones con los usuarios, mientras que el profesor enseña a sus alumnos.

El profesor deberá estar al día del currículo educativo, los contenidos curriculares, las metodologías e innovaciones educativas, los modelos de evaluación, etc.

El musicoterapeuta tendrá que tener conocimientos técnicos acerca los diferentes tipos de personalides y transtornos que pueda encontrarse, susceptibles de permitir una mejoría determinada mediante la terapia musical. De igual manera el musicoterapeuta deberá investigar permanentemente para obtener los mejores resultados posibles en su práctica terapéutica.

Aunque pareciera que tan sólo se encuentran unidos por la especialidad musical, no es así.

Ambos profesionales ponen la música al servicio de las personas, acompañando y permitiendo un cambio con la música y deben tratar de lograr un bienestar. Es cierto que existe una imagen desvirtuada del profesor que sólamente atiende a los contenidos, desentendiendo el factor humano de su profesión, pero esto no ocurre así en realidad.

“Una cosa buena que tiene la música, es que cuando llega, te olvidas de los problemas”

Bob Marley

Quedando claro que ambas disciplinas realizan un trabajo al servicio de las personas y que las acompañan durante la evolución que se produce en ellas, podemos hacer una lista de cualidades que deben estar presentes en estos profesionales que ejercen su oficio usando la música para fines diversos:

La paciencia y el tacto; la estabilidad emocional; la comprehensión y aceptación hacia uno mismo y hacia el resto; la sensibilidad artística y musical; la empatía y la intuición; la buena salud, la vitalidad y las ganas de ayudar.

Además de las cualidades mencionadas, ambas especialidades deben realizar una evaluación inicial, una planificación y desarrollo de sus sesiones y una evaluación final también. Obviamente, las evaluaciones son completamente diferentes debido a que los objetivos también difieren.

Los objetivos, de la misma manera que la formación, quedan dividido. Por una parte, hay un nexo común que ambos profesionales procuran, como mejoras a nivel de: coordinación, memoria, lenguaje, relaciones sociales, actitudinales, etc. El musicoterapeuta se centra en toda esta lista que conforma el epicentro de su faena, y enseña técnicas de ejecución musical en caso de que le sean útiles al usuario para lograr los objetivos establecidos. El profesor en cambio se centra en transmitir los conocimientos y atiende todas estas cuestiones personales a medida que vayan surgiendo.

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Como vemos, hay diferencias reales entre ambos roles, siendo importante la formación específica que cualifica al docente o terapeuta para poder ejercer y llevar a cabo los objetivos que se plantean en cada uno de los contextos. También podemos afirmar que cada musicoterapeuta tiene un poquito de profesor y cada profesor realiza ciertas tareas del musicoterapeuta.

¿Dónde está el límite? 

Las fronteras entre ambas disciplinas son imposibles. El límite lo pone el profesional dependiendo del contexto y de sus propias implicaciones.